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Héroes viajeros

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Héroes viajeros

Los griegos y sus mitos

Robin Lane Fox

  • 29,90 €
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Sinopsis

El gran historiador del mundo clásico Robert Lane Fox recrea en este libro la historia de los griegos que en el siglo VIII a. de C. recorrían la cuenca mediterránea con sus míticas narraciones sobre héroes y dioses. Durante sus viajes y exploraciones, estos «héroes errantes» entraron en contacto con las culturas del Próximo Oriente y modularon sus mitos creando una forma específica de pensar que se extendió desde Israel hasta Sicilia.


Siguiendo la estela de los viajes y los mitos de estos antiguos griegos, y apoyándose en los descubrimientos arqueológicos más recientes, el autor nos acerca a esa forma de pensar anterior a los inicios de la filosofía, nos ayuda a comprender el sentido último de unos relatos que nos han inspirado durante miles de años y nos permite apreciar de una forma totalmente nueva el verdadero significado de los grandes poemas de Homero.

 

Datos técnicos

Colección Serie Mayor
Páginas 610
Formato 15,5 x 23 cm
Encuadernación Tapa Dura
Código 967521
ISBN 978-84-8432-983-1
Fecha de disponibilidad 05/02/2009

Más información

Heroes viajeros
Capítulo 1

EL VUELO DE HERA

En el canto XV de la Ilíada de Homero, la diosa Hera se traslada
volando desde la cumbre del Ida al Monte Olimpo y el poeta compara su
rauda travesía con el curioso movimiento de la mente humana. «Como
cuando salta el pensamiento de un hombre que ha recorrido numerosas tierras y en sus sutiles mentes imagina: "¡Ojalá acá estuviera o acullá!", y da vueltas a innúmeros proyectos.» El vuelo de Hera es tan rápido como esos pensamientos erráticos al trasladarse de una montaña
a otra.1
Dos mil setecientos años después seguimos sabiendo por propia experiencia lo que quería decir Homero. Nosotros no asociamos ese tipo
de pensamientos con la rapidez de movimientos de una diosa, que imaginamos más bien como la invisible velocidad de la luz. La imaginación
de Homero es mucho más precisa. Cuando una diosa baja directamente a la tierra el poeta compara su descenso con una tromba de granizo
que cae de arriba abajo.2 Pero cuando vuela de un lado a otro nos hace
pensar en esas ideas indirectas que reflejan nuestra constante sensación de que la vida no debería ser como es.
Dos mil setecientos años suponen una distancia muy grande entre
Homero y nosotros y, al contemplarla desde tan lejos, algunos lectores modernos han considerado primitiva la psicología de sus héroes.
Los héroes de Homero piensan en su «corazón», no en su cerebro; como
nosotros, pueden repudiar una idea o un impulso, pero a menudo lo repudian como si viniese de fuera o surgiese de una fuente ajena a ellos;
no tienen palabra para designar lo que es una decisión y como todavía no son filósofos, no tienen palabra para designar al yo. Sin embargo, como se encarga de recordarnos el vuelo de Hera, la idea que tiene
Homero de la mente no se halla restringida por las palabras que pueda
utilizar.3 Como los nuestros, los pensamientos volubles de sus héroes
se integran en una mente que los unifica; sus personajes deciden acciones; como hace Héctor ante las murallas de Troya, a veces saben
qué es lo mejor, pero no actúan basándose en lo que saben. Ante todo,
comparten el rasgo característico de cualquier ser humano, a saber,
la idea de que nuestra vida podría ser vivida en otro lugar y la sensación,
fruto de los contrastes del presente, de que las personas en otro tiempo
amadas y perdidas en realidad no lo fueron.
«Ojalá acá estuviera o acullá...» En nuestra época de viajes globales todos somos potenciales herederos del símil del vuelo de Hera. Entre los escritores la comparación quizá resulte particularmente apta
para los novelistas, héroes idealizados de nuestros hábitos de lectura.
Los novelistas, indudablemente, tienen que imaginar las cosas, mientras que los historiadores, apegados a la tierra, sólo tienen que recoger
la información mundana tal como haya podido llegar a sus manos. Los
novelistas, en cambio, se hallan limitados por sus propias creaciones y
por la necesidad de que éstas resulten coherentes en su desarrollo. Los
historiadores tienen que acumular datos y hacer acopio de información,
pero luego tienen también sus libertades. A ellos les corresponde valorar las credenciales de los materiales que se han conservado, plantear
cuestiones que algunos de esos materiales ayudan luego a contestar,
y comprobar que no existen otros testimonios que contradigan las respuestas que han dado y que no pueden ser explicados. Cuando reconstruyen una vida, una práctica o un grupo social, las fuentes de que disponen determinan la imagen que ellos ofrecen de ese fenómeno, pero
también tienen que imaginar lo que se oculta detrás de la superficie, las
ausencias significativas y las fuerzas latentes. Cuando imaginan esos elementos ausentes tienen que figurarse cómo habría sido la vida más allá
de sus propias vidas en concreto. «Ojalá acá estuviera o acullá...»; esos
pensamientos destellan también en mentes que han viajado hasta lugares muy lejanos en medio de testimonios de otros tiempos y otros lugares.
Los filósofos seguirán diciéndonos que es una ilusión, que los historiadores no pueden estar en dos tiempos a la vez ni viajar hacia atrás
y seguir siendo ellos mismos. Pero «damos vueltas a innúmeros proyectos»; tal vez el de ser buenos en la nueva edad del primer emperador
cristiano, Constantino; o el de ser maravillosamente desmedidos en
compañía de Alejandro Magno; o el de poner en tela de juicio las convenciones en la Atenas de Sócrates; o el de reafirmarlas en una desco
finca tardorromana del norte de África en la que los nombres y
las efigies de los amados caballos de la familia aparecen plasmados en
el pavimento de mosaico de la villa, en la que hay una capilla dedicada a un santo cristiano para que los colonos cargados de deudas digan
en ella sus oraciones, y en la que se muestra una profunda simpatía por
la compañía menos cristianizada de los cristianos, los miembros de la
vecina congregación de Agustín.
Nosotros sólo podemos dar vueltas a proyectos, simulando el vuelo de Hera, pero, tras realizar innúmeros y largos viajes entre los testimonios de los años que van de Homero a Mahoma, yo sigo deseando
volver a visitar el mundo griego del siglo VIII a. C. No es un mundo de
nombres famosos, datados con exactitud y conocidos por las biografías. Se trata de un mundo que ni siquiera es conocido por obras de historia o libros de memorias escritos en la época: la historia ni siquiera
había sido inventada todavía. Sus principales fuentes resultan particularmente difíciles de interpretar: son la poesía y los hallazgos arqueológicos. Sobre todo por estos últimos, los modernos especialistas han
calificado a este período de «renacimiento griego», o han dicho de él
que fue una época de peculiar «transformación estructural», impulsada, acaso, por un nuevo crecimiento de la población, por una mayor
utilización de las tierras de labor y una nueva propensión de los jefes
de los poblados a aglutinarse formando ciudades-estado. Un signo de
esas transformaciones podría observarse incluso en el empleo de terrenos organizados expresamente para enterrar a los muertos.4 Otros han
detectado en esta época los orígenes de futuros iconos de nuestro «mundo occidental», el nacimiento del «libre mercado» tras un período de
intercambios basados en la realización de favores recíprocos, o la propiedad franca de pequeñas explotaciones agrícolas familiares, patrimonio natural de esos «otros griegos», los pequeños agricultores a los
cuales suelen pasar por alto nuestras historias modernas de guerreros
y legisladores.5
Resultaría interesante comprobar esas teorías revisando su realidad
del siglo VIII, pero las investigaciones que yo haría serían distintas.
A mí me gustaría verificar un modelo visible desde hace mucho tiempo para mí, una ruta de viajes y mitos trazada por griegos del siglo VIII,
que se extendería a lo largo y ancho del Mediterráneo y que va a ser el
tema del presente libro. La verdad es que hasta ahora nadie había reparado en ella, pero comporta otros grandes elementos de la vida antigua a los que seguimos respondiendo, aspectos paisajísticos, canciones y oráculos, la poesía insuperable de Homero y de otros autores
casi contemporáneos suyos. Apunta además a un modo de pensar y de
entender el mundo al que no dan demasiada importancia las historias
modernas de esta época primitiva, pero que estuvo vigente desde Israel hasta los puntos más remotos de la presencia griega, en una época
en la que la filosofía todavía no existía y en la que no había una esfera
específica de lo que llamaríamos el «pensamiento occidental».
En el mundo moderno, los más realistas pondrían inmediatamente
objeciones a este deseo de regresar a los márgenes de una edad aparentemente tan oscura. En el siglo VIII la esperanza de vida era muy baja;
se daba una exageradísima explotación de la mayoría por parte de la
minoría, y eran habituales los compañeros invisibles del pasado, el dolor y un hedor intensísimo, fruto de la ausencia de tuberías de desagüe
y de lavabos. Entre los griegos se daba un sexismo insidioso, perceptible sobre todo en el mito de Pandora, el origen de los sufrimientos del
hombre, y «desde Homero hasta el fin de la literatura griega no existieron palabras con el significado específico de "marido" y "esposa"».6
Faltaban incluso pequeñas comodidades muy significativas: no había
azúcar, ni chocolate, ni pianos. ¿En los resecos riscos del paisaje griego hubo alguna vez caballos que valiera la pena montar? Los objetos y
la cerámica pintada de la época muestran hombres desnudos, no vestidos, ¿pero es que los griegos que competían en los certámenes deportivos y en las carreras tenían que hacerlo sin ropa? Menos mal que
nuestras vidas han progresado...
No todas estas objeciones están fuera de lugar. Los excavadores de
dos de las necrópolis mejor estudiadas del mundo griego entre los
años 1000 y 750 a. C. han dado pocos motivos para el optimismo. En
Lefkandi, en la isla de Eubea, «los enterramientos más completos confirman que los adultos solían morir bastante jóvenes ... en la flor de la
edad, esto es, entre los diecisiete y los cuarenta años. Los restos de menores encontrados en los tres cementerios indican que la mortalidad
infantil probablemente también fuera alta».7 En San Montano, en la
isla de Ischia, donde los griegos se establecieron en 770 a. C. aproximadamente, «la población de la necrópolis se divide más o menos en
un tercio de adultos y dos tercios de preadultos», el 27 por 100 de los
cuales eran criaturas », a menudo recién nacidos o mortinatos».8 Los
estudios de huesos, dentaduras y esqueletos hallados en estos y otros
muchos yacimientos griegos de la época muestran una desesperante
proporción de lesiones, deterioro y deformaciones. En Pidna, en la costa del sureste de Macedonia, una muestra de cuarenta esqueletos sepultados pone de manifiesto que «las enfermedades degenerativas de
las articulaciones aparecen temprano, entre los trece y los veinticuatro
años, y afectan a ambos sexos ... Al menos nueve individuos de la
muestra sufrieron deformaciones artríticas, sobre todo en la columna
vertebral ... los dos individuos mayores de cuarenta y cinco años muestran graves deformaciones artríticas».9
En la época en que vivieron no existían los derechos humanos, y
todavía no se había producido ningún desafío a la dominación de la
mayoría por parte de la poderosa minoría dirigente. Sin el menor recato, esa «minoría afortunada» esclavizaba a sus congéneres, utilizándolos como siervos en sus casas o en sus explotaciones agrícolas. Podían
incluso vender en el extranjero a los subalternos que les resultaban molestos, como ponen de manifiesto los pretendientes en la Odisea de
Homero cuando dicen al hijo de Odiseo que se deshaga de dos molestos mendigos vendiéndoselos a «los sícelos» de Occidente (los habitantes de la actual Sicilia) y de ese modo «daránnos muy buena ganancia»; no sabían que uno de ellos era el noble Odiseo en persona, aunque
disfrazado.10 La esclavitud, pues, no era más que una forma extrema
de obtener beneficios. En el Ática, los nobles se quedaban además con
la sexta parte de la producción de otros terratenientes de la región. En
Esparta, a finales del siglo VIII, los espartanos se quedaban con la mitad del producto de sus vecinos, griegos como ellos, a los que habían
conquistado y convertido en «siervos».
Estos obstáculos, desde la elevada tasa de mortalidad hasta la desnudez en público, se cernirán sobre mi deseo de revisar esta época a
menos que los aceptemos sin más o que les encontremos un remedio
de antemano. El único remedio contra la muerte prematura era tener suerte en la lotería de la vida. En el siglo VIII algunos podían tener
esa suerte, aunque en este terreno las probabilidades en contra eran
muy superiores a las que existen actualmente. En la mayoría de las listas y tablas modernas, la «media» de vida en el siglo VIII se calcula teniendo en cuenta a todos los desgraciados que no tuvieron la suerte de
gozar de ese destino privilegiado y oscurece las diferencias existentes
en la duración de la vida de cada individuo. Las perspectivas de longevidad eran mayores para los que superaban el grave riesgo de la mortalidad infantil. Los varones que sobrevivían a esta contingencia y se
libraban además de morir en la guerra podían llegar a vivir más de sesenta años. Aristóteles señalaba la preeminencia política de estos individuos en las comunidades griegas primitivas; en Esparta había un consejo de varones mayores de sesenta años que tenía poderes políticos; en
los poemas de Homero el anciano Néstor ejemplifica la sabiduría. Las
mujeres, por su parte, tenían que superar la sangría que suponía el hecho de dar a luz, pero aun así había algunas que lograban sobrevivir hasta la ancianidad: un papel adecuado para ellas, si eran de buena cuna,
era el de sacerdotisas de los dioses.11 Una pequeña minoría de la población, por tanto, superaba la media de vida, impulsada, a juicio de un
moderno especialista en historia de los griegos ya anciano, «por una
actividad creativa en tensión, con la recompensa de las proezas, el honor y la fama ... tensión de una calidad diferente, por así decir, de la
incesante tensión de los que luchaban a diario por la mera supervivencia, lucha que exacerbaba sus condiciones físicas de vida, por lo demás inferiores».12
Esta «actividad creativa en tensión» resultaba en especial evidente
en una clase en particular, la de los varones nobles que dominaban sus
comunidades. Nacer varón en el seno de una familia noble era la mejor
defensa contra la explotación social. Los varones nobles y especialmente las mujeres nobles corrían el riesgo de ser esclavizados, pero sólo si
su comunidad sufría una invasión o era conquistada. Los lazos de amistad y hospitalidad instaurados entre las familias contribuían a reducir la
amenaza que pudieran plantear los nobles extranjeros. Dentro de sus
comunidades nativas los nobles no podían ser esclavizados por otros
nobles paisanos suyos.
En cuanto al dolor y a los malos olores, existían incluso en este pequeño estrato superior de la sociedad: ¿cómo podían superarse? En este
terreno tenemos que ser muy prudentes. Los poemas de Homero describen horribles heridas sufridas en el combate, hasta 148 casos, y a veces
detallan la agonía de la muerte que las acompaña (tres cuartas partes de
esas heridas resultan mortales).13 No podemos dar por supuesto que el
umbral de dolor de los griegos del siglo VIII a. C. fuera más alto que
el nuestro porque el sufrimiento estaba mucho más extendido entonces
que en la actualidad y porque el hincapié que hacen en él los textos de
la época es distinto del que podamos hacer nosotros. Homero es consciente ya de un hecho que hoy día aceptamos, el lapso de tiempo transcurrido entre una herida grave y la sensación de dolor que tiene el que
la recibe. No le sigue la pista hasta el cerebro, como hacemos nosotros: la asocia con la sangre que mana de la herida, como si fuera el flujo de sangre lo que retrasara la aparición del dolor.14 Habla poco sobre
los preludios de la muerte natural: no da muestras de ser consciente de
que puede resultar tan dolorosa como la muerte provocada por una herida. Este silencio no es prueba de que la experiencia del dolor en tiempos de Homero fuera distinta de la nuestra: tal vez sea tan sólo una
prueba de los aspectos del dolor que era habitual que describieran los
poetas. Excepto acaso en los márgenes de nuestra sensibilidad moderna, los griegos del siglo VIII sabían reconocer lo que también nosotros
sentimos: los «negros dolores» provocados por las heridas y las lesiones corporales. El remedio que cabía ponerles no era para su sensibilidad muy distinto al nuestro: como para nosotros, consistía en el empleo
de paliativos. Las heridas podían ser vendadas «con destreza», aunque
en Homero sólo oímos hablar en dos ocasiones de vendajes específicos
(uno se llama «de la honda»).15 El alivio de los dolores en los poemas
de Homero se relaciona también con las habilidades femeninas. En la
tienda de Néstor, la joven cautiva Hecamede (nombre que significa algo
relacionado con la «inteligencia») ofrece a los heridos y a los guerreros que vuelven cansados del combate vino mezclado con cebada y
enriquecido con cebolla y queso de cabra rallado. A nuestros oídos puede sonar como la receta ideal para una muerte inmediata, pero se suponía que esta bebida aliviaba el dolor y restauraba las fuerzas: se han
encontrado ralladores de queso en algunos enterramientos griegos prehoméricos, lo que da a entender que en la vida real los griegos ricos
creían también en el valor que tenía mezclar «queso y vino».16
La cebolla de Hecamede era la más simple de las plantas curativas
de Homero. Esas plantas son las antecesoras de muchos de nuestros
analgésicos, que también proceden de plantas existentes en la naturaleza. Poco después del episodio de Hecamede, nos encontramos con
otro personaje femenino de Homero, la rubia Agamede («Extraordinariamente inteligente»), mujer libre de nacimiento, que «era experta en
todos los venenos que la anchurosa tierra hace crecer».17 En la Odisea,
Helena echa una droga en el vino de los hombres reunidos en su casa
cuando se ponen a llorar movidos por las historias que están refiriendo.
«Beberíalo cualquiera disuelto en colmada vasija y quedara por todo
aquel día curado de llantos aunque en él le acaeciera perder a su padre
y su madre.»18 Significativamente el antídoto contra las lágrimas que
poseía Helena procedía de Egipto, reconocida fuente de excelentes drogas medicinales para los griegos. No ha sido encontrado nunca en la
naturaleza, como tampoco lo ha sido la hierba «molu» que el dios Hermes entregó como antídoto a Odiseo, planta de raíz negra con flores del
color de la leche.19 Sabemos, sin embargo, que lo que hace el poeta es
magnificar las prácticas del mundo real. En efecto, en la realidad se
usaban como paliativos muchos productos procedentes de las plantas,
por ejemplo el opio. En 850-800 a. C. aproximadamente se producían
en Chipre vasos de formas parecidas a las semillas de adormidera, que
eran exportados a las islas vecinas, entre otras a Creta. En el siglo VIII
a. C. es posible que se utilizaran pequeñas vasijas fabricadas a mano
para transportar opio con destino a los griegos establecidos frente a las
costas del oeste de Italia, en la remota isla de Ischia.20
Las drogas, no un umbral psicológico distinto, era el recurso que
tenían los antiguos contra el dolor; pero las drogas no paliaban los malos olores de la vida cotidiana. En los poemas de Homero se hace justamente hincapié en el olor de los cadáveres que yacen en el campo de
batalla, aunque sin duda alguna la gente lo percibiría como algo excepcional: el hedor de los cadáveres, causa de muchas enfermedades, sería citado más tarde como uno de los motivos que impulsaron a Alejandro a retirarse rápidamente de Gaugamela, escenario de su gran victoria
en Asia.21 A diferencia del dolor intenso, el mal olor se disipa cuando
uno se habitúa y en circunstancias no tan extremas como un campo de
batalla probablemente también nosotros nos acostumbraríamos a él
enseguida. Los héroes homéricos son sensibles sólo a olores particularmente desagradables, como el de las pieles de foca expuestas al sol
tras la matanza. Otros olores menos intensos podían resultar más aceptables gracias al empleo generalizado de perfumes y aceites. En el
siglo VIII, como en tantas otras épocas premodernas, la fabricación y
el comercio de perfumes no constituían sólo un medio de estimular el
lujo femenino y el deseo de hombres y mujeres. Eran un lenitivo básico
de la vida cotidiana, preparado con numerosísimas variedades de la flora mediterránea: los conocemos por los frascos, fabricados en materiales no perecederos, en los que eran comercializados los productos de
este tipo.22 Los hombres y mujeres del siglo VIII conocían sus plantas
mucho mejor que la mayoría de los historiadores modernos. Los aceites de azucena, rosa o flor de azafrán eran algunas de las defensas de
que disponían frente a los enemigos invisibles.
Los perfumes no eran un encanto indiscutible de las mujeres. Podían resultar muy caros, una de las extravagancias, pues, que motivaban los temores, o incluso el resentimiento de los hombres hacia las
mujeres ociosas y amantes del lujo. En la poesía de Hesíodo, casi contemporáneo de Homero, se ponen de manifiesto estas murmuraciones
sexistas. En uno de sus poemas, la primera mujer, Pandora, es la que
echa al mundo los males, poniendo fin a la era en la que los hombres
vivían solos en feliz camaradería masculina con los dioses. En otro
poema del mismo autor, Pandora es perezosa y amante del lujo, y es el
origen según dice, de la «raza mortal» de las mujeres, con las que, sin
embargo, los hombres deben casarse para tener herederos y asegurarse
de que dispondrán de quienes los cuiden en la vejez.23 Estas murmuraciones, sin embargo, no son más que un aspecto de las percepciones de
los griegos de la época. Puede que en Homero no exista una palabra corriente con el significado específico de «esposa», pero tampoco existe
esa palabra en el lenguaje cortés de los franceses. De la ausencia de un
término no puede deducirse nada que demuestre una falta de amor entre los cónyuges. Los lectores sensibles de la Odisea saben que la relación existente entre Odiseo y Penélope no es sólo la de un hombre y su
«compañera de lecho» o la de un hombre que regresa junto a un objeto
de su propiedad o junto al objeto informal de su deseo.

Aparte del amor conyugal, había otros elementos que contribuían a
hacer la vida más agradable. No existía el azúcar, desde luego, pero había miel procedente de las numerosas colmenas dispersas por muchos
puntos del paisaje griego. No había pianos, pero el sonido de la música era omnipresente, ya fuera a través de las cuerdas de la lira, de las canciones de siega, de la trompeta incluso o de la cítara. Estaba además el
reto y el consuelo que suponían los caballos. Los caballos constituían
el anhelado símbolo de estatus de la época, y aparecen pintados en las
grande vasijas de cerámica griega del llamado estilo «geométrico»,
modelados en urnas de cerámica destinadas a las libaciones para los
difuntos, repujados en cinturones de bronce, y sobre todo tallados en
figuritas también de bronce añadidas a grandes calderos o como estatuillas que eran dedicadas en los santuarios, convirtiéndose en los objetos votivos de la época que encontramos más a menudo, y en testimonio, además, de la clase social y del gusto de los que los ofrecían.24
Para la alta sociedad de Grecia el siglo VIII a. C. fue la edad suprema
del caballo. Los caballos pastaban en los campos de los aristócratas griegos dedicados a su cría e influyeron incluso en los nombres asignados
a los hijos de la nobleza. Los conocemos porque aparecen dibujados con
patas largas y cuellos arqueados esquemáticamente, aunque existían
también caballos para montar, hecho que Homero sólo cita en dos ocasiones.25 Una hermosa copa de fondo llano procedente de la Atenas de
ca. 740-720 a. C. muestra en su parte interior cuatro caballos sobre cuyos cuartos traseros se yerguen sendos jinetes sujetando las riendas en
su diestra. Esta muestra espectacular de equilibrio aparecía en el interior de la copa cada vez que su dueño bebía de ella. No era algo simbólico: representaba la equitación del siglo VIII expresada a su máximo nivel. «Como criador y adiestrador de caballos, el aristócrata del
período geométrico encarna un nuevo tipo de señor de los animales. El
mensaje de la ... copa no podía ser más claro.»26
En el arte y la vida de la Grecia del siglo VIII, los caballos despertaban una gran admiración y fueron representados con frecuencia: más
tarde se diría incluso que un caballo fue el responsable de la invención
del dibujo. Se cuenta que cuando un griego del siglo VIII, Saurias de
Samos, vio un caballo plantado al sol, delineó la silueta de la sombra
que proyectaba y realizó así el primer dibujo de la historia.27 ¿Pero qué
podemos decir de la desnudez que parece ocupar un lugar tan destacado en la cerámica pintada y en los objetos figurativos de la época? ¿Habríamos tenido que ir por la calle, correr y estar con la gente completamente desnudos? En este caso, el dibujo no es un reflejo directo de la
vida real, y además su difusión cambiaría a lo largo del siglo. El desnudo era una convención de los artistas y al principio sería empleado
para todo tipo de figuras, sin distinción de sexo. Hacia 750 a. C. aproximadamente, en los grandes vasos de cerámica fabricados en el Ática
las mujeres son representadas desnudas llorando a los difuntos, práctica que nunca se habría producido en la vida cotidiana. También se
conocen muchas figuritas de mujeres desnudas talladas en marfil, procedentes sobre todo de puntos del Mediterráneo oriental y de Levante,
pero nacieron como ofrendas votivas estilizadas destinadas a los dioses.28 Hacia 740 a. C. aproximadamente las mujeres que aparecen en
la cerámica pintada griega van ya vestidas, lo mismo que los hombres
que aparecen representados montados a caballo o conduciendo un carro. El resto de los desnudos masculinos que vemos en el arte no son
en absoluto indicio de que realmente los hombres cazaban, combatían
o lloraban a sus muertos sin ropa.29
¿Eran los atletas una excepción? La práctica del atletismo por parte de los varones es objeto de algunas anécdotas situadas en el siglo VIII,
período que conoció una nueva pujanza de los Juegos Olímpicos. Hay
varias historias que hablan de los primeros griegos que compitieron
desnudos en unos juegos públicos, práctica habitual con posterioridad,
pero como se conservan sólo en textos de época tardía, no son prueba
fiable de las costumbres primitivas. Cabe interpretarlas más bien como
invenciones de épocas posteriores destinadas a satisfacer las rivalidades. Cuando la práctica del ejercicio físico sin ropa se hizo convencional, se proyectó al siglo VIII y su invención se atribuyó a los campeones
de otros tiempos; los participantes en las pruebas eran atenienses, espartanos o incluso megarenses, cuyo principal representante, Orsipo, se
dice que fue el primero que corrió desnudo en Olimpia, probablemente en el año 724.30 No obstante, mucho después del año 720 la cerámica
pintada sigue mostrando atletas griegos que corren con taparrabos: los
héroes homéricos llevan taparrabos en sus combates de pugilato y nunca se dice que corran desnudos. El hito de la victoria de Orsipo quizá
no sea más que una ficción inventada por los megarenses (que lo honraron como a un héroe) para contrarrestar las pretensiones de los espartanos que aseguraban haber sido los primeros en competir desnudos.
Los modestos viajeros del tiempo sólo tienen que refugiarse en la gran
autoridad del historiador Tucídides, de finales del siglo V a. C. Los espartanos, afirma, fueron los primeros en ejercitarse desnudos, pero la
desnudez había sustituido el empleo de taparrabos «no hace muchos
años», incluso en Olimpia. Su datación no ha convencido a nadie, pero
desde luego él no creía que la desnudez en el atletismo se remontara al
siglo VIII.31
Para los griegos del siglo VIII habría sido una suerte librarse de una
muerte prematura y habría sido una suerte también nacer en el seno de
la nobleza dirigente. La superación de otros obstáculos habría podido
negociarse después. El dolor podía aliviarse a veces por medio de alguna droga, y los perfumes podían contribuir a suavizar los malos olores.
Había música en abundancia, y desde luego un marido podía emocionarse ante el relato de un poema que hablara del amor de un hombre
hacia su esposa. No había monturas, ni espuelas, ni herraduras para
los caballos, pero había muchísimos caballos en los que se podía montar; además un hombre no tenía necesidad de bailar desnudo, ni de correr o boxear sin ropa. La vida era dura, pero no inimaginable para un
varón del siglo XXI. Por consiguiente puedo imaginarme a mí mismo visitándola en la búsqueda de mi ruta del siglo VIII, pero como una visita real es imposible, tendré que dejarme guiar por los testimonios que
se nos han conservado y avanzar por etapas, primero siguiendo los pasos de ciertos viajeros en concreto, y luego siguiendo los pasos de ciertos mitos concretos que viajaron con ellos. Esos viajeros eran griegos,
pero, como tanto le gusta reiterar a nuestra edad de historia multicultural, los griegos no fueron ni mucho menos el pueblo más grande ni
tampoco el más rico que existió en el gran escenario de esa época. Como
el siglo VIII a. C. parece tan alejado de nosotros, empezaré evocando algunos puntos de su vasto horizonte, una serie de nuevos comienzos y
de nombres famosos que se extienden desde China hasta Cádiz. Nos
conducen hasta determinados pueblos con los que también los griegos
entraron en contacto y que les dieron importantes nuevos impulsos.
Pero, al igual que los griegos, esos pueblos poseían un tesoro que nadie más poseía ni entonces ni poseería después. La ruta de sus viajes y
sus mitos corre paralela al gran tesoro de los griegos, a saber, los poemas épicos de Homero, y los hace resaltar bajo una luz nueva, pero distinta. Está relacionada con los huidizos orígenes de los propios poemas, pero también tiene que ver directamente con un huidizo sonido
homérico, un sonido que, con el paso del tiempo, sus lectores de la
Antigüedad no fueron capaces de entender. Todavía puede escucharse
en nuestro mundo: siguiendo la ruta trazada por los griegos de la época, al menos entenderemos lo que quería decir Homero.

 

Material adicional del libro

Pdf   Héroes viajeros - Capítulo 1

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