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Hitler 1938

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Hitler 1938

El ao de las grandes decisiones

Giles MacDonogh

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Sinopsis

1938 fue el año en que Hitler se jugó su destino e inició el camino que iba a conducirle a la Segunda Guerra Mundial. No fue tan sólo por el Pacto de Munich, que no pasó de ser un episodio más dentro de la secuencia de dramáticos acontecimientos que ocurrieron en este año de descenso a los infiernos. Las grandes decisiones fueron, sobre todo, la toma del control del ejército por el Führer -tras los escándalos sexuales de los generales Blomberg y Fritsch-, la invasión de Austria, el comienzo de la destrucción de Checoslovaquia, las primeras deportaciones de judíos a los campos de Dachau y Buchenwald, el estallido de violencia de la Kristallnacht... Unos acontecimientos que creíamos conocer, pero que Giles McDonogh nos muestra con una nueva luz, siguiéndolos desde el interior de la propia camarilla nazi, con el fin de descubrirnos la cara oculta de una historia que sólo en esta dimensión resulta plenamente comprensible.

Datos técnicos

Colección Memoria Crtica
Páginas 428
Edición 1
Formato 15,5 x 23 cm
Encuadernación Tapa Dura
Código 968938
ISBN 978-84-9892-070-3
Fecha de disponibilidad 04/03/2010

Más información

CAPÍTULO 1

 
Enero


... cuando se colocaron los candelabros de plata sobre la mesa, una luz maravillosa
hizo brillar en todo su esplendor el vino tinto y blanco de las copas y se reflejó majestuosamente en la madera noble de los muebles antiguos así como en las bolas que
adornaban el árbol de navidad y en las alas y el vestido de un ángel dorado que había en él. Las festividades se han sucedido en nuestra casa a medida que las celebramos de forma tranquila, en silencio, y la magnificencia y serenidad se acrecientan
aún más con cada alegría terrenal ... Los ángeles y las bolas plateadas brillan desde
el interior de la oscura habitación barroca: todo sigue anclado en las celebraciones
navideñas y, por ende, en un renovado festejo, ¡es un nuevo año!

Jochen Klepper, 1 de enero de 1938.*

En las primeras semanas de enero de 1938, gran parte de Alemania
estaba cubierta de una gruesa capa de nieve. Y como la nieve, la policía secreta del régimen estaba en todas partes. Para todos aquellos que no tenían
razones para sentirse encantados con el Tercer Reich, lo mejor era mantener la cabeza abajo y no hablar con nadie. Los comunistas, los socialistas
y los judíos eran los que más tenían que temer.

No obstante, no fueron los alemanes sino los rumanos quienes a comienzo de ese año aumentaron la presión sobre los judíos. El 12 de enero,

* Unter dem Schatten deiner Flügel: aus den Tagebüchern der Jahre 1932-1942, Stuttgart, 1955, p. 542.

 


el gobierno fascista, encabezado por Octavian Goga, que había llegado al
poder en diciembre despojó de la ciudadanía rumana a los setecientos cincuenta mil judíos del país, lo que llevó a una gran cantidad de ellos a abandonar Rumanía. Algunos de los refugiados se trasladaron a Austria ("un
regalo", se burló Goebbels) y esto fomentó el temor de que pudieran unirse
a otros grupos de judíos extranjeros residentes en Alemania.1

Aunque los dirigentes nazis estaban encantados de contar con un nuevo aliado en el Estado balcánico, no veían precisamente con buenos ojos
que Alemania fuera un refugio para sus judíos. "La cuestión judía se ha
convertido de nuevo en un problema global", escribió Goebbels.2 Desde
Núremberg, el semanario Der Stürmer celebró la marcha precipitada de los
judíos rumanos en una serie de caricaturas realizadas por Philipp Rupprecht
(que las firmaba como "Fips"). En una de ellas, los judíos de Francia, Gran
Bretaña y Estados Unidos lloraban impotentes el destino de sus hermanos
rumanos; en otra, una avalancha de judíos invadía Francia; y en una tercera, un judío llegaba a un hotel austriaco para descubrir que estaba "completo".3

Der Stürmer (el órgano oficioso de la persecución estatal de los judíos)
también informó de que antes de navidad el ministro de Exteriores francés,
Yvon Delbos, había estado en Varsovia para unas conversaciones en las que
se había abordado, entre otras cosas, la posibilidad de enviar a Madagascar
a los 3,3 millones de judíos polacos. El director de la publicación, Julius
Streicher, se enorgullecía de haber sido uno de los primeros en proponer la
colonia francesa como nuevo hogar para los judíos europeos.4 El 21 de enero el semanario publicó una edición especial en la que pedía la muerte para
los Rassenschänder: los judíos que mantenían relaciones sexuales con gentiles. Goebbels (que había tenido al menos una amante judía) aprobó con
entusiasmo la idea. La portada mostraba a una adolescente Deanna Durbin,
entonces una estrella en ciernes, en brazos de los viejos judíos de Hollywood. La publicación contenía una columna en la que se denigraba e insultaba a todos los gentiles que continuaban teniendo tratos personales o profesionales con los judíos.

Victor Klemperer, hijo de un rabino, pero casado con una gentil, había
sido despedido de la Universidad de Dresde, donde trabajaba como profesor de filología románica, y se había visto reducido a escribir un diario en el
que registraba cada nuevo golpe dirigido contra su raza. Como muchos judíos, estaba empezando a replantearse el deseo de ser más alemán que los
alemanes y se quejaba de "la tragedia del judío que ha visto frustrados sus
deseos de asimilación". En ciertas ocasiones, el coco del Estado nazi eran
los sacerdotes católicos; en otras, los pastores protestantes; en enero de
1938, el coco eran los judíos.5

el escándalo blomberg-fritsch

Es posible que Hitler hubiera estado buscando un modo de asegurar su
posición y convertirse en el señor absoluto del Tercer Reich, pero no siempre fue claro cómo iba a poder conseguirlo. Una y otra vez, las circunstancias acudieron en su rescate, y fue capaz (gracias, como él mismo diría, al
"instinto del sonámbulo") de sacar provecho de situaciones difíciles. Una de
esas situaciones empezó a desarrollarse en el primer acontecimiento social
del nuevo año nazi, aunque pasó algún tiempo antes de que Hitler comprendiera cómo podía beneficiarse de lo sucedido. De hecho, ignoraba a tal
punto la trama que estaba tejiéndose a su alrededor que esa noche acompañó a Goebbels a ver Die Fledermaus (El murciélago). El Führer, "extasiado
por completo", disfrutó de la opereta de Strauss sin ser consciente de que a
sus espaldas sus subordinados estaban a punto de provocar una crisis que se
prolongaría durante dos semanas y provocaría la parálisis del Estado.6

La mañana del miércoles 12 de enero, Göring dio una fiesta, gigantesca como correspondía, para celebrar su cuadragésimo cuarto cumpleaños.
Su posición era emblemática de la peculiar estructura de poder del Estado
nazi: sucesor oficial de Hitler, ministro de Estado y presidente de un desvirtuado Reichstag, Göring era asimismo el jefe de la fuerza aérea, por lo que
tenía que responder ante Blomberg, el ministro de Guerra, pero estaba en
pie de igualdad con el coronel general Von Fritsch, el jefe del ejército.7

El antiguo as de la aviación, que tenía la misma edad que su enemigo
Ribbentrop, era uno de los miembros más viejos de la pandilla. Goebbels
tenía cuarenta años y Heinrich Himmler tenía treinta y siete. El mismo
Hitler apenas tenía cuarenta y ocho años. El nazismo conservaba su atractivo para un sector insatisfecho de la juventud alemana, el formado por aquellos que habían nacido alrededor de 1910 y crecido para conocer el desempleo en los deprimidos años de la República de Weimar.

El 12 de enero, Göring fue agasajado como más le gustaba: nadie se
atrevió a escatimar en los regalos. Hitler acababa de regresar de su descanso
navideño y obsequió a su viejo amigo una escena de caza "espléndida", obra
del pintor austriaco Hans Makart. La fiesta, sin embargo, hubo de ser in-
terrumpida, pues Göring y Hitler tenían que cumplir con un deber solemne: a las doce menos diez se los esperaba en el ayuntamiento del distrito de
Tiergarten, en Berlín, para actuar como testigos en la boda del entrado en
años Blomberg con una tal Eva Gruhn. Cuando se disponía a abandonar la
fiesta, Göring se permitió una risita entre dientes que no pasó desapercibida.8 Durante algún tiempo había estado buscando la manera de ampliar la
influencia del Partido sobre el ejército, y pensaba que su oportunidad había
llegado.9

Viudo y con cinco hijos, el noble Blomberg se disponía a casarse con
una mujer de les bas-fonds mucho más joven que él. Algunos meses antes, el
militar se había vestido de civil para tomar una cura en Oberhof, en los bosques de Turingia. Al verle cenando solo, el gerente del hotel le había preguntado si quería compañía, y fue así como Eva Gruhn terminó sentada en
su mesa. Más tarde, la mujer informó a Blomberg de que esperaba un hijo
suyo, pero éste estaba tan prendado de ella que le pidió que se casaran.10 De
hecho, llegó incluso a confesarle su enamoramiento a Göring, que consideró la historia "muy conmovedora" y prometió ayudarle.11 Eva provenía de
Neukölln, un distrito obrero berlinés, donde su madre había tenido un salón de masajes. La señora Gruhn había sido condenada dos veces por prostitución y su hija había seguido sus pasos: un expediente policial documentaba su participación en orgías nudistas, actividades de prostitución y venta
de fotografías pornográficas (de ella misma). En 1937 había sido puesta en
libertad condicional.12

Ya en octubre, Blomberg había llorado en el hombro de Göring, al que
había hablado de los orígenes humildes de su prometida, aunque no de sus
antecedentes penales, que probablemente él mismo desconocía. El mariscal, sin embargo, no pudo evitar convertirse en blanco de la censura de sus
propios oficiales. Blomberg, que siempre había sido muy estricto con respecto al matrimonio y les había exigido casarse dentro de su entorno social,
estaba ahora rompiendo su propio código.13 Göring le aseguró que el compromiso obtendría la autorización del Führer, siempre dispuesto a aprobar
cualquier enlace que supusiera un golpe para el viejo orden aristocrático, y
se esmeró por ayudarle, como demuestra el hecho de que se deshiciera de un
joven rival del ministro de Guerra enviándolo a Suramérica con un empleo
bien remunerado. Blomberg finalmente comunicó su intención a Hitler el
22 de diciembre, después del funeral de Ludendorff.14 El matrimonio siguió adelante con la bendición del Führer y tras la boda, el día 12, la feliz
pareja partió para la isla de Capri.15

Pocos días después un ligero inconveniente obligó a la feliz pareja a
acortar su luna de miel: la agonía de la desconsiderada madre de Blomberg.
El mariscal estaba de nuevo en Berlín el 17, un día antes del fallecimiento
de su progenitora, fecha en la que le vio Goebbels, que seguía considerándole un "tipo excelente".16 La tormenta estalló el 21 de enero, cuando en el
Alto Mando del Ejército se recibió una llamada anónima de alguien que
afirmaba ser un general y exigía hablar con el coronel general Fritsch. Cuando su solicitud no fue atendida, quien había telefoneado gritó: "¡Díganle al
general que el mariscal de campo Von Blomberg se ha casado con una
puta!".17

El jefe de policía, conde Wolf Heinrich von Helldorf, ya conocía la
historia. En cumplimiento de su deber, un miembro de la brigada antivicio
había dado con una prostituta que al ver en los periódicos a la nueva señora
Von Blomberg junto a Hitler y Göring la había reconocido de inmediato
como una vieja amiga. El policía había buscado el expediente y lo había
enviado a Helldorf.18 En el Gestapa (el cuartel general de la Gestapo, en el
palacio del Príncipe Alberto, en Berlín) alguien mostró a Franz Josef Huber, más tarde jefe de la Gestapo en Viena, una fotografía de una mujer
desnuda advirtiéndole que se trataba de la actual Freifrau (baronesa) Von
Blomberg.19

Helldorf se dirigió al general Wilhelm Keitel (cuyo hijo Karl-Heinz
estaba comprometido con una hija de Blomberg, Dorle) y le pidió que identificara a la nueva baronesa en una fotografía de la policía. Keitel, sin embargo, no tenía mucho que contar al jefe de policía: no había sido invitado a
la boda y la única vez que había tenido ocasión de ver a la mujer había sido
en el funeral de la madre del ministro, cuando un tupido velo ocultaba sus
facciones. Después de las exequias, la pareja había hecho preparativos para
regresar a Italia y continuar con su luna de miel.20

Keitel, al final, optó por escurrir el bulto, una forma de resolver las cosas a la que Alemania iba a terminar acostumbrándose en este período. El
general le dijo a Helldorf que preguntara a Göring, aduciendo que él sí había estado en la boda y, por ende, tenido ocasión de mirar bien a la señora
Von Blomberg, una razón convincente. Helldorf fue en coche hasta la mansión de Göring en Carinhall, cerca de Berlín, donde el dirigente nazi identificó positivamente a la mujer de la fotografía. Göring reconoció que sabía
desde tiempo atrás que Blomberg pretendía casarse con ella y reveló también que le había ayudado a deshacerse de un rival. Blomberg, parecía ser,
había caído en una trampa.

Aunque todavía existen dudas sobre su papel en la caída de Blomberg,
es indiscutible que Göring estuvo detrás de la remoción del coronel general
Von Fritsch, un militar partidario de la monarquía y contrario a los nazis.
Lo que iba a permitir su salida era una acusación amañada de que había infringido el Artículo 175 del código penal prusiano al haber frecuentado en
noviembre de 1933 a un prostituto bávaro llamado Sepp Weingärtner (también conocido como "der Bayernseppl"). Otto Schmidt, un extorsionista,
supuestamente había visto a Fritsch manteniendo relaciones sexuales con
Weingärtner en un lugar oscuro cerca de la estación de Wannsee. Haciéndose pasar por policía, Schmidt había seguido a Fritsch de regreso a la ciudad y le había abordado en Potsdamer Platz. Según su testimonio, Fritsch
se asustó y, tras presentarle su salvoconducto militar, le pidió que fuera discreto. En las siguientes semanas, Schmidt consiguió sacarle al desgraciado
oficial más de dos mil marcos.21

Aprovechando plenamente el deseo que tenían los nazis de aplicar de
forma tan estricta como fuera posible el draconiano Artículo 175, Schmidt
se ganaba la vida espiando y chantajeando a los homosexuales. En 1936 fue
arrestado y, para salvar el pellejo, reveló a la policía algunos detalles de sus
negocios. Entre aquellos "clientes" que mencionó se encontraban Walter
Funk, posteriormente ministro de Economía,* el campeón de tenis y finalista de Wimbledon Gottfried von Cramm, un tal conde Von Wedel, que era
presidente de la policía en Potsdam,** y, por supuesto, Fritsch. Schmidt terminó siendo interrogado por Josef Meisinger, el jefe de una unidad de la
Gestapo denominada Reichzentrale für die Bekämpfung der Homosexualität
(Oficina Central del Reich para la Represión de la Homosexualidad), a quien
contó que se encontraba con el general en la estación de Lichterfelde cada
vez que quería dinero.22 Lichterfelde era la sede de la escuela de cadetes, por
naturaleza uno de los lugares predilectos de la cúpula militar.23 Meisinger
mostró a Schmidt una fotografía de Fritsch. "Det is' er", dijo: "Ése es el tío".

Meisinger había llevado la historia a Heydrich y Himmler, que mandaron elaborar un informe para presentárselo al Führer. Hitler, sin embargo,

* El diario de Goebbels recoge los rumores sobre la homosexualidad de Funk el 31 de
diciembre de 1937, e incluso Der Stürmer, el semanario de Streicher, aludió en su momento
a ellos. Véase Elke Fröhlich, ed., Die Tagebücher von Joseph Goebbels, vol. I, t. V, diciembre
de 1937-julio de 1938, Múnich, 2000, p. 77. Hitler también estaba al corriente de lo que se
decía: véase R. J. Overy, Goering, Londres, 1984, p. 71.
** Un conde Edgard Wedel o "Hofwedel" ("Tribunal" Wedel) había estado muy
implicado en los escándalos de homosexualidad en la corte del káiser.

 

se había negado a examinarlo y calificándolo de Mist (estiércol) había ordenado su destrucción. El líder nazi quería seguir contando con Fritsch; era su
séquito el que deseaba deshacerse de él. No está claro quién fue el primer
promotor de la remoción de Fritsch a partir del expediente de 1936, si
Göring o Himmler.24 El hecho de que Heydrich se encargara de reubicar el
archivo incriminatorio apunta a Himmler, pero Göring había estado meditando su golpe desde finales del año anterior, antes de que el pasado oscuro
de Eva von Blomberg saliera a la luz. Himmler quería sacar a Fritsch porque éste se oponía a la integración de la SS en el ejército; Göring porque
daba por sentado que Fritsch sería el sucesor de Blomberg, cuyo cargo codiciaba. Con autorización de Himmler, Göring mandó que sacaran a Schmidt
del campo de internamiento de Papenburg y lo llevaran a su casa. Allí volvieron a mostrar a Schmidt una fotografía de Fritsch, a quien volvió a identificar como el hombre que había visto con der Bayernseppl.

Después de la boda de Blomberg, Hitler volvió al Berghof y estuvo fuera
de Berlín hasta el 24 de enero. Al día siguiente de su regreso, Göring volvió a
presentarle el expediente sobre Fritsch junto con el que Helldorf había redactado sobre la nueva baronesa. Cuando se le mostró el informe sobre Blomberg, el pequeño burgués Hitler se puso furioso: se había abusado de él, había
asistido embaucado a la ceremonia, incluso había besado la mano de una mujer de la calle. Algo que horrorizó particularmente al Führer fue el hecho de
que las fotos pornográficas que incluía el archivo policial hubieran sido tomadas por un judío checo que en otra época había sido amante de Eva.

Hitler quería que se anulara el matrimonio, algo a lo que Blomberg se
negaba rotundamente. En esas condiciones, el Führer no estaba dispuesto a
permitirle continuar siendo ministro de Guerra. El mariscal pareció sentirse bien dejando el cargo, que no intentó salvar, y se marchó feliz a su retiro.
En 1945 seguía declarando que estaba locamente enamorado.25 Impasible,
incluso propuso a Fritsch como su sucesor. Para Hitler fue un alivio que
Blomberg aceptara un generoso finiquito y partiera poco después a Italia,
pero su cólera no amainó. Su apariencia era la de alguien destrozado. Se ha
insinuado que ese aspecto era en realidad una pose, y que en realidad estaba
actuando,26 pero Goebbels escribió que era "la peor crisis del régimen desde
el golpe de Röhm ... El Führer parece un cadáver".27 Es improbable que el
ministro de Propaganda se hubiera dejado engañar por una actuación de
Hitler. El día 25 lo había encontrado "casi triste y muy serio", pero todavía
no conocía los detalles del escándalo Blomberg. No obstante, señaló que
Göring se encontraba al lado del Führer.28


Hitler mandó llamar a Keitel y le preguntó quién debía suceder a
Blomberg. Keitel, naturalmente, dijo lo que tenía que decir: Göring era el
hombre.

El líder nazi, sin embargo, se negaba a tener en cuenta a Göring, quien
en su opinión tenía ya suficientes funciones y al que consideraba "demasiado holgazán" para asumir tareas adicionales.29 Keitel mencionó entonces el
nombre de Fritsch. Hitler volvió a su escritorio y regresó con el expediente
sobre éste. Keitel asegura que respondió señalando que lo que en él se decía
sólo podía ser "un caso de confusión de identidades o una calumnia".30 Hitler le preguntó quién debería ocupar el puesto de Fritsch. Keitel respondió
que Gerd von Rundstedt, pero Hitler opinaba que era demasiado viejo. La
siguiente sugerencia de Keitel fue Walther von Brauchitsch; Hitler replicó
con Walter von Reichenau. Ésta era una elección prometedora, dada la
lealtad de Reichenau para con la causa, pero Keitel consideraba que era un
Hans Dampf in allen Gassen: un entrometido demasiado interesado en política y muy poco aplicado en lo concerniente a los asuntos militares. Reichenau
no era popular entre los generales; Brauchitsch era la opción indicada.31

El soltero Fritsch ya había despertado las sospechas de algunos miembros de la élite hitleriana. Para esta época, acababa de regresar de unas prolongadas vacaciones en Egipto, adonde había viajado con la esperanza de
curarse de una bronquitis; había partido poco después de la reunión en la
Cancillería, junto con su segundo ayudante, Jochen von Both, campeón de
varias modalidades hípicas a campo través.32 Göring lo había hecho seguir,
pero no había obtenido ninguna prueba.33 Fritsch creía, erróneamente, que
el contenido del expediente se basaba en rumores malintencionados sobre
unos almuerzos que había ofrecido algunos años antes a un miembro de las
Juventudes Hitlerianas que no tenía dinero para pagárselos. Otras fuentes
mencionan a dos miembros de las Juventudes Hitlerianas, a los que Fritsch
habría enseñado historia y golpeado con una regla en sus pantorrillas desnudas cada vez que se equivocaban. En la SS circuló el chiste de que las pantorrillas eran el fetiche de Fritsch.34

Hitler entregó el expediente a Hossbach para que averiguara si había
algo de verdad en lo que decía. Hossbach sospechó al instante que había algo
raro y, en contra de las órdenes que le había dado el Führer, habló con
Fritsch, que lo negó todo. El militar parecía ser consciente de que el escándalo era obra de Göring y Himmler, que querían librar a Alemania de un
"general reaccionario".35 Hossbach informó a Hitler de que Fritsch negaba
los cargos, y lo describió en tan buenos términos que el líder nazi se mostró

partidario de su nombramiento como ministro de Guerra. Hitler seguía
respaldando al general el 26 de enero, cuando le convocó a una reunión con
él y Göring en la biblioteca de la Cancillería. Fritsch entró al recinto gritando: "¡De verdad quiero ver a ese cerdo!".36 Se suponía que ignoraba que
Schmidt iba a ser llevado al encuentro, pero Hossbach le había advertido,
algo que le valió la enemistad eterna de Göring por haber arruinado el golpe
de efecto que tenía preparado.

Hitler le dijo a Fritsch que se le acusaba de infringir el Artículo 175.
Luego se hizo entrar a Schmidt, que con presteza identificó al jefe del ejército. El militar negó los cargos con vehemencia. Juró por su honor que
nunca antes había visto al chantajista y que no había un ápice de verdad en
sus denuncias. Sin embargo, cometió el error de mencionar el asunto del
joven de las Juventudes Hitlerianas. Eso alimentó de forma instantánea las
sospechas de Hitler, que quizá pensaba que cuando el río suena, agua lleva,
y quien, como era sabido, no apreciaba precisamente a los homosexuales.
Descartó a Fritsch, y con él al coronel Hossbach, al que, según dijo a Keitel,
no quería volver a ver nunca. El despido de Hossbach contribuyó a la depresión de Hitler, y Goebbels señala que al siguiente día encontró al Führer
bastante afligido y lacrimoso.37 Pero el líder nazi no era el único que había
llorado. Alfred Jodl, el segundo de Keitel, también encontró a su jefe "lloroso": "Tengo la impresión de estar viviendo un momento aciago en la historia de la nación alemana".38

Quien por fin puso a Goebbels al corriente de lo ocurrido con Blomberg fue Fritz Wiedemann, que había estado al frente de la compañía de
Hitler en la primera guerra mundial y ahora se desempeñaba como su ayudante personal. A ambos se sumó Helldorf, que conocía el caso mejor que
nadie con excepción de Göring y Himmler. Cuando Helldorf presentó a
Goebbels el expediente, el jefe de la propaganda nazi lo encontró "espeluznante". Para un hombre de honor, la única alternativa era el suicidio.39

Goebbels finalmente se enteró también de los rumores sobre la homosexualidad de Fritsch. Como era de esperar, su identificación positiva por
parte de Schmidt era un argumento suficiente para Göring. Sin embargo,
Huber, el hombre de la Gestapo, descubrió una discrepancia: los retiros de
una cuenta bancaria de un tal capitán Von Frisch coincidían exactamente
con las sumas que el extorsionador decía haber cobrado a Fritsch. "Fue
como si una abeja me hubiera picado", admitiría Huber tiempo después. De
inmediato acudió a su superior, Werner Best, que lo remitió a Heydrich.
Heydrich se puso pálido y le acompañó a ver a Himmler. Himmler le dio las

gracias por el descubrimiento: "Ha hecho bien", le dijo. Huber no se daría
cuenta de que había tropezado con una conspiración hasta más tarde, cuando Meisinger le informó de que el expediente había estado dando vueltas
durante un par de años y se lo había guardado para su uso posterior.40 Los
conjurados no iban a permitir que la falta de una letra "t" y la diferencia de
rango les impidieran bloquear el progreso de Fritsch, que era lo que en última instancia querían.

El golpe visible contra el cuerpo de oficiales era motivo de inquietud.
El miércoles 26 de enero, a mediodía, Helldorf convocó una reunión en el
cuartel general del Abwehr (servicio de inteligencia militar) en la Tirpitzufer. A esta reunión asistieron, entre otros, el almirante Wilhelm Canaris, el
jefe del Abwehr, sus lugartenientes, los coroneles Hans Oster y Hans Pieckenbrock, junto con Hans-Bernd Gisevius y Artur Nebe de la policía criminal.41 Helldorf defendió a Fritsch, pero en su opinión Blomberg estaba demasiado en entredicho, de hecho, le escandalizaba que hubiera podido caer
tan bajo.42 La reunión marcó el momento de la separación entre los nazis y
los simpatizantes nacionalistas. La sospecha de que todo el escándalo no era
más que un intento de socavar el espíritu de cuerpo de la Wehrmacht hizo
que la floreciente célula de descontentos pasara a la oposición total. El respaldo de Canaris constituyó una importante conquista para quienes se resistían al nazismo.

Con todo, el escándalo estaba lejos de haber terminado. El 27 de enero,
Fritsch tuvo que soportar un interrogatorio de cuatro horas por parte de
Best, interrogatorio que, de nuevo, contó con la presencia de Schmidt.43
Desde la aparición del extorsionista en la Cancillería, la Gestapo había interrogado a una buena cantidad de jóvenes que habían prestado servicio a
las órdenes de Fritsch. Entre ellos estaba Gottfried von Cramm, que acababa de regresar de América y más tarde sería encarcelado por otra infracción
del Artículo 175.44 Tanto Fritsch como Schmidt se aferraron a sus respectivas historias, pero la Gestapo no tenía ningún interés en dejar constancia
de que Schmidt había hecho varias afirmaciones evidentemente erróneas.
Gürtner, el ministro de Justicia, que también estaba predispuesto en contra
del general, declaró que Fritsch no había probado su inocencia y consideró
incriminador el episodio del miembro de las Juventudes Hitlerianas. Blomberg, por su parte, había echado más leña al fuego antes de partir anotando
que el jefe del ejército no era "un donjuán".45 Gürtner recomendó que el
caso se llevara a un tribunal militar. El interrogatorio coincidió con el cumpleaños de Guillermo II, el ex káiser, y el descontento dentro del cuerpo de
oficiales fue visible en la gran cantidad de celebraciones pro monárquicas
que tuvieron lugar en sus comedores.46

Hitler estaba como loco: una crisis vergonzosa estaba desacreditando a
la élite militar del Tercer Reich. Su mojigatería hacía que le resultara difícil
aceptar los vicios que aparentemente eran predominantes entre los prusianos de clase alta. Ahora tenía tres cargos vacantes (ministro de Guerra, jefe
de las fuerzas armadas y jefe del ejército) y se estaba formando una cola de
aspirantes: Göring, Joachim von Stülpnagel,* el general conde Friedrich
von der Schulenburg (otrora jefe del Estado Mayor del príncipe coronado y,
para entonces, miembro del Partido Nazi), Himmler y el general nazi Reichenau.

Fue Goebbels, que provenía del ala izquierdista del Partido y se hacía
menos ilusiones que Hitler acerca de la clase alta, quien dio con la solución
que la crisis requería: el Führer mismo debía asumir las dos primeras funciones. Lo que Goebbels había advertido eran las posibilidades que se abrirían para el régimen al librarse de elementos potencialmente problemáticos
del cuerpo de oficiales tradicional.47 Para ese momento exonerar a Fritsch
ya no convenía a nadie, y el proceso para deshonrarle y echarle siguió su
curso. El ministro de Propaganda consiguió quitar de en medio a Göring, que
era el candidato favorito del ejército para el puesto de ministro de Guerra.
En la decisión final hubo menos planeamiento y muchísimo más pragmatismo de lo que por lo general se ha dado por sentado.

La necesidad sentida de proteger el honor de Fritsch creó una oposición que continuaría buscando una forma de deponer a Hitler hasta el 20 de
julio de 1944. Helldorf estaba en una situación que le permitía pasar los
expedientes a su segundo, conde Fritz-Dietlof von der Schulenburg (el hijo
del conde Friedrich), un antiguo nazi que había perdido la fe en el Partido
después de "la noche de los cuchillos largos" del 30 de junio de 1934. El
conde Rüdiger von der Goltz entró en escena como abogado de Fritsch.
El 29 de enero emisarios de la oposición salieron rumbo a distintos destinos
en el Reich para hablar con generales importantes: Oster viajó a Hanóver,
Gisevius a Münster y Carl Goerdeler, ex alcalde de Leipzig, se desplazó a
Dresde para hablar con los generales Ulex, Kluge y List. El mensaje era que
se necesitaba que doce generales en posiciones de mando hicieran causa
común con Fritsch. Algunos miembros del cuerpo de oficiales querían sangre. Oster tuvo que calmar a su hijo Achim y el resto de la guarnición en
Stettin, que estaban a punto de amotinarse.48

* La idea de nombrarlo se descartó por considerárselo demasiado desleal. El 20 de
julio de 1944 demostró que Hitler tenía razón en este punto.

La agitación producto de la remoción de Blomberg y Fritsch dejó a Hitler "hosco y quisquilloso".49 El líder nazi canceló el discurso de celebración
del quinto aniversario de su llegada al poder, algo que nunca había hecho
antes y que no volvería hacer hasta 1943. Los rumores se multiplicaron a lo
largo y ancho del país. El Partido, con todo, siguió adelante con la celebración, y Hitler apareció en el balcón de la Cancillería para presenciar el paso
de su Leibstandarte. Una multitud formada por unas cien mil personas se
había reunido a la luz de las velas en la Wilhelmsplatz. El Partido organizó
espectáculos para distraer a sus seguidores: se entregaron premios nacionales
al arquitecto Gerdy Troost, el cirujano Ferdinand Sauerbruch y el ideólogo
nazi Alfred Rosenberg. En la sede de la radio nacional en Berlín se celebró
un festival de las Juventudes Hitlerianas, que, se informó luego, sintonizaron
seis millones de jóvenes por todo el país. Para el general Fritsch fue una noche difícil, en la que tuvo que someterse al interrogatorio de Heydrich, pero
se mantuvo firme y se negó a cambiar su versión de los hechos.

El último día del mes, Goebbels pasó dos horas a solas con el Führer,
que seguía despotricando acerca de Blomberg y Fritsch. Hitler consideraba que Blomberg había abusado de su confianza, y estaba absolutamente
convencido de la culpabilidad de Fritsch. El general, en su opinión, había
sido "casi desenmascarado". Goebbels tenía su propio candidato para el
puesto de Fritsch: Beck, que provenía "directamente de la escuela de Schlieffen". Goebbels no podía conocer bien al general. Para esa fecha, Beck estaba a punto de unir su suerte a la de la oposición. De haber sido Beck y no
Brauchitsch quien estaba a cargo del ejército en septiembre de 1938, es posible que el año hubiera terminado de forma muy diferente a como lo hizo,
pero Beck no quería el cargo.50

Rundstedt también vio a Hitler ese día y le halló en un "estado de excitación espantoso como nunca le había visto". Rundstedt creía que Himmler
había "tiznado" a Fritsch por el hecho de ser un monárquico.51 Ese día Hitler reveló a Goebbels que su intención era realizar una reorganización doméstica con el fin de crear una cortina de humo. Planeaba nombrar a Ribbentrop para el Ministerio de Exteriores, como le había propuesto su
ayudante, Rudolf Hess.* Hitler no estaba precisamente encantado con su
embajador en Londres, del que pensaba que era aburrido y vano, pero valoraba su servilismo. Quería hombres como Keitel y Ribbentrop, a los que consideraba personas dignas de confianza.52 Goebbels no estaba impresionado:
"Considero que Ribbentrop es un inútil, y no se lo oculté al Führer".53

* Más tarde llegaría a lamentarlo. Véase Reinhard Spitzy, So Haben wir das Reich
verspielt (nueva edición), 1987, p. 222.


El escándalo Blomberg-Fritsch fue un ejemplo excelente de los trucos
sucios en los que los nazis eran especialistas así como una alianza temporal
de tres hombres muy dispares, Göring, Himmler y Heydrich, en la que varios miembros de la policía secreta tuvieron papeles de figurantes. El pardillo era Hitler (y en menor medida Goebbels). Las maquinaciones de sus
subordinados socavaron la fe del líder nazi en los nacionalistas conservadores y lo llevaron a decidir que no necesitaba tanto de ellos como había pensado previamente. Con todo, lo que hay que destacar es que quien al final
emergió triunfal no fue Göring o Himmler, sino Adolf Hitler.

la operación otto

A medida que 1937 se acercaba a su fin, la obsesión de Hitler con Austria había ido en aumento. En Berchtesgaden, se rodeó con gente de la
Legión austriaca, a la que los miembros de su guardia pretoriana, el Leibstandarte "Adolf Hitler", adiestraban en operaciones de sabotaje. Los legionarios habían desfilado ante él en el Berghof, donde les había dicho que no
abandonaría su lucha por una Austria nazi: Austria también era su patria.54
Pero mientras que Hitler por consideración a Italia con frecuencia contenía
sus aspiraciones, Göring era muchísimo más entusiasta al respecto, pues
Austria constituía un bocado que le resultaba particularmente delicioso en
forma de materias primas y divisas con las que anhelaba contar para su plan
cuatrienal. Cuando Austria fuera absorbida, las partes occidentales de Checoslovaquia quedarían rodeadas por tres lados. Göring estaba en posición
de heredar una propiedad allí: el castillo de Mauterndorf, que la viuda de su
padrino judío cuidaba para él. Sus dos hermanas se habían casado con abogados austriacos; y su hermano Albert, que estaba en contra de los nazis,
vivía en Viena, donde había adoptado la ciudadanía austriaca y trabajaba en
la industria cinematográfica.

Desde el comienzo de la década de 1930, Austria había estado gobernada por socialcristianos clérico-fascistas que habían acabado con la democracia y reemplazado el poder popular con siete corporaciones que representaban agrupaciones profesionales a las que se permitía enviar a sus consejeros
a los distintos consejos federales. Posteriormente el Partido Socialcristiano
se disolvería para transformarse en el Frente Patriótico. Aparte de la Italia
del Duce, pocas personas (y menos aún los intelectuales biempensantes)
manifestaban alguna simpatía por el represivo gobierno del país, pese a lo
cual el Estado corporativo era el último bastión que se resistía a una fusión
con la Alemania nacionalsocialista.

En julio de 1936, el canciller Kurt von Schuschnigg había firmado con
Hitler un acuerdo destinado a garantizar la soberanía austriaca a pesar de
los persistentes intentos del líder nazi por desestabilizar el país. Había aceptado otorgar a los nacionalsocialistas austriacos una pequeña participación
en el gobierno, pero Hitler no había cumplido con su palabra y sus seguidores habían continuado con sus actividades terroristas. Luego los nazis habían temido que Schuschnigg intentara restaurar la monarquía bajo el archiduque Otto, el hijo mayor de Carlos, el último emperador. Según
Goebbels, los monárquicos austriacos eran cada vez más impertinentes.
Y Hitler empezaba a temer que si no actuaba con rapidez, eran ellos los que
iban a ganar la partida.55 En junio de 1937, se había pedido al Estado Mayor alemán que diseñara un plan para la toma de Austria con el nombre en
clave de Operación Otto.

Los hombres de Hitler ponían todos los días bombas a lo largo y ancho
del país en un intento de hacerlo ingobernable; el Estado corporativo estaba
derrumbándose, en parte como consecuencia del acoso de los nazis, en parte debido a sus propias contradicciones internas. Schuschnigg había adoptado algunos de los atavíos y adornos empleados por el Duce y el Führer,
pero no se ajustaba a la imagen de hombre fuerte y estaba más cerca de ser
un cruce entre el primer ministro británico Neville Chamberlain y un sacerdote jesuita. En un momento en que los nazis buscaban aprovechar cualquier oportunidad para desestabilizar el Estado, Viena se convirtió por última vez en el escenario principal de la historia.

A comienzos de 1938, la policía de Schuschnigg había descubierto un
amplio complot nazi contra su gobierno, así como planes para asesinarlo y
orquestar un levantamiento en la primavera. Los documentos estaban firmados por Hess. El 25 de enero, la policía realizó una redada contra el
Comité de los Siete nazis y arrestó al ingeniero civil Leopold Tavs, segundo
del Gauleiter de Hitler para Austria, Josef Leopold. Tavs, que había estado
alardeando de forma exagerada sobre su invulnerabilidad, fue acusado de
alta traición. Como los alemanes no querían que la participación de Hess
saliera a la luz pública, Berlín presionó para impedir el juicio.

La conjura preveía también el asesinato del embajador alemán en Viena, Franz von Papen. La intención de los nazis era hacer que su muerte
pareciera obra del Frente Patriótico, con lo que pretendían matar dos pájaros de un tiro: Papen, como Neurath, se oponía al Anschluss, y Hitler llevaba
algún tiempo queriendo librarse de él.56 De hecho, el ex canciller se había
salvado por poco de morir en 1934 durante "la noche de los cuchillos largos". Los nazis querían incitar a Schuschnigg a usar el ejército contra sus
partidarios en Austria, lo que les daría un pretexto para invadir el país.

Schuschnigg ya había disuelto su propia guardia pretoriana, el Heimwehr, que había sido el equivalente austriaco de la SA. El líder del cuerpo
era el príncipe Ernst Rüdiger von Starhemberg, un protegido de Mussolini,
"un hombre de apariencia encantadora, dotes políticas muy modestas, inmensa ambición y escaso amor por el trabajo".57 Sin embargo, aunque tras
el asesinato de Dollfuss en 1934 el dictador italiano había protegido a Austria desplazando tropas al Brennero, el Duce había decidido que esta vez era
mejor estar de parte de Hitler y, por tanto, plantó a Schuschnigg. Mussolini
necesitaba el respaldo de líder nazi ahora que los británicos y los franceses se
habían unido en su contra a propósito de la invasión de Abisinia (Etiopía),
y deseaba evitar la vergüenza de que Hitler sacara a colación los aproximadamente doscientos cincuenta mil alemanes que desde 1919 habían estado
viviendo bajo la bandera italiana en el Tirol del Sur y a los que su gobierno
había estado persiguiendo por querer seguir siendo alemanes. Por otro lado,
el mismo Schuschnigg le había dicho en una ocasión a Mussolini que la
mayoría de los austriacos vería con buenos ojos una ocupación alemana y
que, si Italia enviaba sus tropas, era probable que la población se uniera a los
alemanes para combatirlas.58 Era evidente que el canciller austriaco se había
quedado solo.

 

 

 

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